Nuestra historia — NorthPlanner
Una agenda NorthPlanner abierta sobre una mesa junto a una taza de café

Nuestra historia · NorthPlanner

Del papel a la pantalla, y de vuelta al papel

Empezamos siendo dos hermanos y un primo trabajando juntos en Barcelona. Antes de vender una sola agenda pasamos más de un año investigando. Hoy vendemos 18.000 al año. Esta es la historia entera, contada por quienes la vivimos.

Hay una sensación que casi todo el mundo reconoce. Son las once de la noche, has estado ocupado desde que te has levantado, no has parado un momento, y sin embargo, si alguien te preguntara en qué se te ha ido el día, no sabrías qué contestar. Has hecho muchas cosas. Ninguna era la que importaba.

Nosotros vivíamos así. Y como todo el mundo, intentamos arreglarlo con la herramienta que teníamos más a mano: el móvil.

Empezó en una mesa de Barcelona

Arnau, Joel y Eric —dos hermanos y un primo— empezaron a trabajar juntos en Barcelona con una idea que sonaba casi ingenua. No veníamos del mundo de la papelería. No teníamos una imprenta detrás, ni experiencia en diseño de producto, ni un plan de negocio. Teníamos un problema muy concreto y la sospecha de que no éramos los únicos que lo teníamos.

Queríamos hacer la agenda que a nosotros nos habría gustado tener y que no encontrábamos en ninguna parte. Las que había eran calendarios bonitos con espacio para escribir. Nosotros no buscábamos un sitio donde apuntar citas: buscábamos algo que nos obligara, cada mañana, a decidir qué era importante ese día. Un método, no un contenedor.

Un tiempo después se incorporó Euge Oller, con un objetivo que sigue siendo el nuestro: que una NorthPlanner llegue a cualquiera que quiera cambiar algo de verdad en doce meses. Seguimos siendo un equipo pequeño y familiar, y eso condiciona cada decisión que tomamos. No hay un departamento que decida el papel. Lo decidimos nosotros, discutiendo.

El equipo de NorthPlanner

El problema nunca fue la falta de apps

Cuando empezamos ya existían cientos de aplicaciones de productividad. Calendarios que se sincronizan solos. Listas que se reordenan por prioridad. Recordatorios que te persiguen hasta que cedes. Herramientas objetivamente buenas, muchas de ellas gratis. Y aun así, la sensación de llegar a la noche sin saber en qué se te ha ido el día seguía intacta.

Tardamos en entender por qué, y cuando lo entendimos nos pareció evidente: el sitio donde escribes tus objetivos es el mismo sitio donde te interrumpen. Abres el móvil para planificar la semana y sales de ahí veinte minutos después habiendo contestado tres mensajes, mirado una story y leído media noticia. No es falta de disciplina. Es que la herramienta compite contigo por tu propia atención, y está diseñada por gente muy buena en ganar esa competición.

Una agenda de papel no hace nada de eso. No se actualiza, no vibra, no te sugiere nada, no tiene notificaciones que silenciar ni pestañas al lado. No te ofrece absolutamente nada más que lo que tú has escrito en ella. Esa pobreza, que en cualquier otro producto sería un defecto, resultó ser exactamente el valor.

Y hay una segunda cosa, más sutil, que descubrimos usándola. Escribir a mano es lento. Como es lento, obliga a elegir. En una pantalla puedes añadir quince tareas sin pensar, porque no cuesta nada y la lista crece hacia abajo infinitamente. En una página caben las que caben. Esa limitación física te fuerza cada mañana a la única pregunta que de verdad importa: de todo esto, ¿qué tres cosas harían que hoy valiera la pena?

Por eso lo que escribes a mano se recuerda. No porque el papel tenga magia, sino porque has tenido que decidir para poder escribirlo.

Detalle interior de la agenda NorthPlanner La agenda NorthPlanner en uso

Un año de investigación antes de la primera

Entre aquella primera conversación y la primera agenda a la venta pasó más de un año. No de fabricación: de investigación. Un año entero preguntando, probando formatos, descartando ideas que sobre el papel parecían buenas y en la mano no lo eran.

Podríamos haber sacado algo en tres meses. Casi todo el mundo lo hace: se coge una plantilla, se le pone una portada bonita y se manda a imprimir. Pero un objeto que vas a abrir cada día durante doce meses no admite ese atajo. Va a vivir en una mochila, va a viajar, se va a abrir con una mano mientras sujetas un café con la otra, y va a tener que seguir siendo útil en noviembre, cuando la motivación de enero hace mucho que se gastó. Casi todas las agendas se abandonan en febrero. Ese era el problema que había que resolver, y no se resuelve con diseño gráfico.

De ahí salió cada decisión de fabricación. El papel de 100 gramos, para que el bolígrafo no traspase y puedas escribir por las dos caras sin que la página anterior se transparente. Una encuadernación cuidada, porque un objeto que se descuaderna en junio no llega a diciembre. Y el formato A5, el punto exacto donde todavía cabe en cualquier bolso pero la página sigue siendo lo bastante grande para escribir de verdad.

  • FormatoA5
  • Papel100 g, sin transparencias por el reverso
  • EncuadernaciónElegante, pensada para durar los doce meses
  • OrigenDiseñada en Barcelona
  • Precio39,90 €

Alrededor de la agenda fue apareciendo todo lo demás, y siempre por el mismo camino: alguien nos lo pidió. El bolígrafo, porque no tenía sentido cuidar tanto el papel y luego escribir con lo primero que pillas. Las libretas A5, para lo que no cabe en la agenda. El soporte de madera. El Diario de Gratitud y Calma Mental, para el otro extremo del día, cuando ya no toca producir sino cerrar. Y las Tarjetas de Productividad, para quien quiere el método sin atarse a un año concreto del calendario.

Nunca hemos sacado un producto porque tocara ampliar catálogo. Cada uno responde a algo que nos llegó por correo suficientes veces como para no poder ignorarlo.

18.000 agendas vendidas al año, sin distribución en tiendas físicas
+1 año de investigación antes de poner la primera a la venta
Barcelona donde empezó todo y donde seguimos diseñando cada edición

Nunca quisimos vender agendas. Queríamos que alguien llegara a diciembre y se diera cuenta de que ese año sí había hecho lo que se había propuesto.

Arnau, cofundador de NorthPlanner

Lo que no esperábamos que nos escribieran

Lo que más nos ha sorprendido en estos años no es el número de agendas vendidas. Es el tipo de mensajes que recibimos. Casi ninguno habla de organización, ni de productividad, ni de gestión del tiempo.

Hablan de otra cosa. De haber recuperado un rato del día que volvía a ser suyo. De cerrar la agenda por la noche y que ese gesto signifique que el día se ha terminado de verdad, algo que con una pantalla nunca pasa porque siempre queda algo abierto. De volver a un objeto que no les pide nada.

Seguimos siendo la misma tienda pequeña que responde sus propios correos. Cuando algo sale mal —y sale— lo arreglamos nosotros, sin ventanilla de por medio.

Productos NorthPlanner

El placer de reconectar con lo tangible

No tenemos nada en contra de las pantallas. Nosotros mismos hacemos plantillas digitales, y nos parecen útiles. Lo que defendemos es más simple: que el sitio donde decides quién quieres ser este año no debería ser el mismo sitio donde te llegan las ofertas.

Una agenda de papel es hoy un objeto raro precisamente por eso. No recoge datos sobre ti. No mejora con el uso ni se actualiza sola. Se gasta. Se le doblan las esquinas, se le queda una mancha de café en marzo, y en diciembre pesa lo mismo pero está llena de tu letra. Es de las pocas cosas que compras que envejecen contigo en lugar de quedarse obsoletas.

Seguimos tomando las decisiones con la misma pregunta del primer día, que es la única que nos ha servido para algo: ¿esto ayuda a alguien a terminar el año más cerca de donde quería estar? Si la respuesta no es un sí claro, no entra.

Empieza por una página en blanco

Papel, un bolígrafo y doce meses por delante. Nada más.

Descubrir la agenda

Esta página recoge la historia de NorthPlanner contada por el equipo de NorthPlanner. Textos e imágenes propios. Nuestra historia también apareció en la sección Empresas de Vanguardia de La Vanguardia.